Hay momentos en los que te das cuenta de que esa conexión que compartías con ciertas personas, ese lazo que os unía, se rompe. No tiene por qué ser necesariamente tu pareja, oh no. Yo hablo de amistad.
Por ciertas circunstancias, estoy sentada en una mesa rodeada de dos completas extrañas.
Estas dos chicas que solían ser mis mejores amigas, en las que confiaba completamente, con las que pasé mis mejores y mis peores momentos, se han convertido en desconocidas para mí. Ellas dos siguen unidas por un lazo, pero yo me siento muy fuera de lugar.
Ellas hacen planes para irse a Madrid, y no paran de decirlo. Creo que no se dan cuenta de que cada vez que me veo en medio de esta conversación, me vienen recuerdos de nuestra primera GRAN bronca, de aquella que tardamos un mes en resolver. De aquella de la que aún no me he recuperado.
No notan las contracciones de mi rostro mientras agonizo en silencio de dolor. Por la pérdida, por lo que eramos, por lo que ya no somos ni seremos. Por todo. Por nada. Solamente me siento como pez fuera del agua, como si estando acompañada, estuviera muy sola. Y este sentimiento que me embriaga no me permite sentirme cómoda.
Hay una opresión en mi pecho, unas ganas de salir corriendo y huir, sin mirar atrás, sin dar explicaciones. Solamente chillar: ya no puedo más con esto. Pero no puedo rendirme sin más. No puedo dejarlo todo sin haber intentado remediarlo con todas mis fuerzas.
Ellas tienen sus bromas. Se sonríen, hablan. Y yo solamente miro esta pantalla sin tan siquiera respirar. Intento no hacer ruido, para que así no reparen en mi manera tan extraña de actuar. Pero en el fondo se que esto no lleva a ninguna parte, que ya no vamos a poder demoler el muro que se ha creado entre ellas y yo. Y lloro por la ausencia, oh sí. Lloro en silencio, y sin derramar ni una sola lágrima.
Simplemente, porque ya no me quedan más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario